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  • David López García

A propósito de Charlottesville, ¿cómo andamos de discriminación en México?


Colaboración de LID para Cuarta.

Los disturbios sucedidos este fin de semana en Charlottesville, Virginia, en Estados Unidos, son una muestra clara de que el conflicto racial en aquel país está en uno de sus puntos más tenso en años. Las imágenes lo dicen todo. Miembros del Klu Klux Klan, neo-nazis y milicia de la supremacía blanca –con banderas de los Estados Confederados y suásticas nazis– enfrentándose violentamente con grupos anti-racistas. Increíble.

La repuesta del Gobernador de Virginia, Terry McAuliffe, estuvo completamente a la altura. Declaró inmediatamente un estado de emergencia, condenando sin ambigüedades los actos de violencia, y exigiendo que los grupos racistas salieran de Virginia a la brevedad. La respuesta del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, fue timorata y lavándose las manos de cualquier responsabilidad. Trump ganó la presidencia con un discurso racista y de odio, y después de aventar la primera piedra esconde la mano.

Guardadas todas las proporciones, quiero aprovechar la coyuntura de Charlottesville como contexto y pretexto para discutir sobre nuestros propios conflictos raciales y de discriminación en México. Desde luego que los casos de Estados Unidos y México no son comparables. En México no vamos a llegar al punto tan extremo por el que atraviesa nuestro vecino del norte, pero también tenemos nuestros problemas de discriminación racial y es urgente visibilizarlos y discutirlos con profundidad y seriedad.

En México, los problemas de discriminación son normalmente asociados con la situación socioeconómica de las personas, y no tanto con cuestiones raciales. Las personas con el poder adquisitivo para pagar un auto lujoso, un restaurant caro, o un club privado, pueden acceder a estos bienes y servicios independientemente de su origen racial o color de piel. Así, tendemos a pensar que cualquier persona puede ascender en la escalera de la movilidad social si trabaja duro y se esfuerza lo suficiente, y que nadie le va a detener por cuestiones raciales. Nos hemos concentrado en generar igualdad de oportunidades para todos. Reconocemos que no todos estamos en la misma situación socioeconómica –lo que genera desventajas para los más desafortunados–, pero todos tenemos las mismas oportunidades y ya es tarea de cada quién aprovecharlas.

Sin embargo, los resultados de esta filosofía económica son paradójicos. Si, somos una sociedad relativamente en paz, y con un nivel aceptable de gobernabilidad. No nos enfrentamos en las calles como en el caso de Charlottesville, y todos nos vamos a trabajar cotidianamente con la esperanza de salir adelante. Pero extrañamente, los niveles de pobreza y desigualdad en el país siguen exactamente igual que hace 25 años.

Fuentes: World Bank Indicators; Centro de Estudios de las Finanzas Públicas de la Cámara de Diputados de México. * Dato para 1989

Como se puede observar en la tabla, el país es cada vez más productivo pero no hemos podido mover los indicadores de pobreza y desigualdad. Cuando en 1990 cada persona contribuía $3,069 dólares al PIB nacional, para el 2014 cada persona estaba produciendo $10,326 dólares, aumentando nuestra productividad per capita en más de tres veces. Sin embargo, el aumento en la productividad no se ha repartido de forma equitativa entre la población que contribuye a generar la riqueza del país. El porcentaje de personas en condición de pobreza se mantiene alrededor de 50% desde hace más 25 años, y la proporción de los ingresos que son capturados por el 10% de la población más rica del país en comparación con el 10% más pobre, ha mostrado una ligera mejoría pero también se mantiene prácticamente igual. El índice de GINI –una de las medidas de desigualdad del ingreso más aceptadas a nivel mundial– tampoco ha mostrado cambios significativos.

¿Qué está pasando? ¿Por qué si somos un país que produce cada vez más riqueza con mayor productividad, este crecimiento no se ve reflejado en los indicadores de pobreza y desigualdad? ¿Qué no se supone que si la gente trabaja duro van a ascender en la escalera de la movilidad social? Efectivamente, estamos trabajando muy duro, y los números lo muestran claramente, pero muy pocos están ascendiendo socialmente.

Una posible explicación –que es el debate que quiero poner sobre la mesa de discusión en esta columna– es que el acceso a las oportunidades para escalar socialmente no se limita sólo a la discriminación socioeconómica, sino que hay otros tipos de discriminación operando de forma silenciosa, más sutiles, que son más difíciles de observar. En México, aunado a la discriminación socioeconómica están operando también, por lo menos, la discriminación racial y de género.

Estos tres tipos de discriminación –socioeconómica, racial, y de género– se alimentan a sí mismas creando una espiral de desventaja para los sectores más vulnerables de nuestra sociedad. Por un lado, como un estudio reciente del INEGI sobre movilidad social lo reveló, en nuestro país existe la llamada ‘pigmentocracia’, situación en la que las personas de piel más clara tienen acceso a mejor educación y mejores puestos de trabajo. Al tener peor educación y puestos de trabajo menor remunerados, en México las personas de piel más oscura por supuesto que se ven afectadas en su condición socioeconómica. ¿Cómo vamos a esperar que salgan a adelante si no tienen el mismo acceso a educación y trabajos de calidad? Mi compañero en el Laboratorio de Innovación Democrática (LID), el Dr. Mario A. Morales, nos ha brindado un excelente análisis del estudio del INEGI. Tampoco podemos ignorar la deuda histórica que tenemos con nuestras poblaciones indígenas o afrodescendientes, a los que sistemáticamente hemos excluido de las oportunidades sociales y económicas.

Por otro lado, la discriminación de género también tiene efectos directos sobre la condición socioeconómica de las personas y las familias. Las mujeres aún ganan menos que los hombres por hacer trabajos similares, y debido al ‘techo de cristal’ enfrentan mayores dificultades para acceder a puestos gerenciales y de mayor responsabilidad. Aunado a ello, en nuestra sociedad también se espera que las mujeres se encarguen del trabajo del hogar no remunerado y del cuidado de los niños y ancianos, lo que las coloca en una posición de desventaja para participar en el mercado laboral remunerado.

No está muy claro cuál causa cuál, cuál sucede primero y detona las demás, pero es muy posible que la discriminación racial y de género, al estructurar las oportunidades educativas y económicas de la población, sean un factor determinante de la desigualdad socio-económica, lo que a su vez reproduce la espiral de desventajas. Además, también hay que tener en cuenta la interacción entre estos tres tipos de discriminación. Imaginemos el caso de una persona que sufre de los tres tipos de forma simultánea, por ejemplo, una mujer afromexicana, jefa de su hogar, y que se encuentra en los deciles más bajos de ingreso de la población. Esta mujer no podría acceder a las mismas oportunidades que, por ejemplo, un hombre en sus 30’s, sin dependientes económicos, de tez blanca, y con educación universitaria.

Ante este escenario, en realidad no hay tantas oportunidades y el piso no está tan parejo para todos como nos gustaría creer. Por supuesto que moralmente tenemos las mejores intenciones, y en nuestra sociedad el creer profundamente que todos somos iguales es un ideal muy importante. La Constitución misma garantiza que todos somos iguales. Pero el acceso a las oportunidades económicas –y por ende a la movilidad social– está íntimamente ligado a nuestra posición actual en la escalera socioeconómica, y, aunque sea duro reconocerlo, también a cuestiones raciales y de género.

De acuerdo, ninguna sociedad en el mundo es realmente igualitaria. En toda sociedad siempre va a haber algunos con mayores ventajas que otros. Pero tenemos que comenzar a discutir, reconocer y enfrentar los factores que estructuran la desigualdad en México. Durante muchos años hemos privilegiado la libertad sobre la igualdad, recordemos que desde la década de los 90’s nuestro país ha transitado por un intenso proceso de liberalización de los mercados y de fortalecimiento institucional para asegurar que todos los individuos gocen de la máxima libertad posible. Pero parece que esta estrategia no nos está dando muy buenos resultados. La libertad es fundamental, por supuesto; pero ante los escenarios de pobreza y desigualdad tan graves como en México, para alcanzar la igualdad quizá tenemos que comenzar a pensar en la equidad.

La equidad es diferente de la igualdad. Imaginemos que vamos a repartir un pastel. La igualdad implicaría que todos tenemos derecho a recibir una rebanada del mismo tamaño porque todos somos iguales, sin importar nuestra condición previa. Le equidad, por otro lado, implica un componente de justicia y reconoce que, a pesar de que todos deberíamos ser iguales, realmente no lo somos porque todos partimos desde puntos diferentes y eso se tiene que tomar en cuenta para alcanzar la igualdad. Entonces, por ejemplo, si unos tienen mucha hambre y otros ya comieron, lo justo sería que a los que tienen hambre les toque una rebanada de pastel más grande que la de aquellos que ya se encuentran satisfechos. Una discusión profunda sobre cómo sería la equidad en nuestro país, aún está pendiente.

Afortunadamente, nuestros conflictos raciales no llegan ni llegarán al punto en el que se encuentran en Estados Unidos. Los conflictos de discriminación racial y de género en México son más sutiles, más difíciles de observar, pero ahí están. Tarde o temprano los tendremos que enfrentar. Me da un poco de envidia la reacción del gobernador del Virginia ante el conflicto de Charlottesville, y me gustaría que nosotros respondiéramos igual ante cualquier acto de discriminación racial o de género. Sería otro país.

*David López García es coordinador del Laboratorio de Innovación Democrática, actualmente radica en la ciudad de Nueva York, donde hace un doctorado en política urbana en la New School University.

#SeguridadPública #Equidaddegénero #Justiciasocial

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