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  • Mario Morales Martínez*

Los riegos sociales que amenazan a los jóvenes de Jalisco


Columna semanal de LID para Cuarta.

Nuestra experiencia de vida puede ser resumida perfectamente con la paradójica combinación de una condición distópica acompañada de felicidad y poca participación. Celebres autores, como George Orwell en su novela titulada 1984, vincularon la omnipresencia de la distopía con calamidades, catástrofes, falsas ilusiones y parasitismos; en otras palabras describieron metafóricamente una sociedad organizada con los ingredientes típicos del riesgo social y el malestar. Los nuestros parecen ser tiempos de riesgos, pero no de malestar en todos los ciudadanos, lo cual resulta muy sorprendente.

Los estudiosos del comportamiento han descrito con elocuencia y lujo de detalles el amplio repertorio de condiciones que manifiestan los riesgos que experimentamos. Nos afectan a todos, pero castigan especialmente a los jóvenes. La mayoría de quienes integran este segmento de la población conocen perfectamente esa condición que les amenaza y expone a innumerables situaciones de incertidumbre.

De acuerdo con los resultados de estudios recientes, la incertidumbre y los riesgos sociales pueden ser al menos de dos tipos para los jóvenes tapatíos y del interior de Jalisco. Unos amenazan al cuerpo y la integridad de la persona, por lo tanto la seguridad y las libertades civiles más elementales. La máxima expresión de ello es la violencia expandida y sus múltiples facetas. Tres temas son suficientes para mostrarlo: a) la evidencia aún es débil, pero indica que un tercio de los jóvenes jaliscienses ha sufrido acoso escolar; b) aproximadamente un tercio de las mujeres han experimentado diversos tipos de violencia moderada o severa; c) las fuentes por excelencia de la violencia estructural que sufren muchos jóvenes son el crimen organizado y algunas instituciones de seguridad pública.

Otros riesgos tienen una naturaleza distinta que amenaza el orden social del que dependen su inclusión social y sus medios de vida. Los jóvenes constituyen el segmento más afectado por la inseguridad socioeconómica. Según datos del Coneval, los jóvenes pobres representan el 30% del total de pobres en Jalisco. Y respecto al total de la población joven, el 40% de los jóvenes son pobres. Por otra parte, cerca de 22% de ellos no estudia ni trabaja, de acuerdo con datos del INEGI. México es el país con el tercer porcentaje más alto en este rubro en la OCDE. Finalmente el 70% de los jóvenes no tiene acceso al sistema de salud y seguridad social.

Lo sorprendente es que esas situaciones de riesgo social e incertidumbre no han derivado en la construcción de un fotograma mental de malestar e infelicidad. Los hallazgos de un estudio reciente sobre bienestar subjetivo en Jalisco indican que 8 de cada 10 jóvenes se reportan satisfechos y felices con la clase de vida que tienen. Por fortuna la mayoría de ellos han encontrado la posibilidad de escapar de ese negativo panorama social o bien de hacerle frente con defensas mentales eficaces. En otras palabras, los jóvenes de Jalisco han blindado sus afectos respecto a los riesgos fabricados por nuestra sociedad distópica. En este caso su volumen de felicidad no depende tanto de las amenazas reales y sentidas por ellos, sino de las defensas mentales que han aprendido a desarrollar.

Más llamativo resulta que sus reacciones mentales defensivas deriven en la aplicación del principio de subsidiariedad, y deleguen, al ámbito individual de las políticas de vida, la batalla contra los riegos sociales que experimentan. Un problema colateral de ello es que la mayoría de los jóvenes han abandonado la esfera pública y la participación ciudadana como los medios idóneos para atenuar los riesgos sociales que les afectan.

Nuestro sistema político adultocéntrico vulnera su participación en la toma de decisiones. Las cifras más recientes de la Encuesta Nacional de Juventud exponen a detalle ese desafortunado panorama. Menos del 5% de la población joven de la entidad participa en algún tipo de asociación o acción colectiva y menos del 2% se involucra en algún tipo de movimiento social.

Como se puede apreciar, la inclusión social de los jóvenes es crucial para avanzar en la configuración de una sociedad igualitaria. Se requiere de una orientación que vaya más allá de la distribución de medios, como los ingresos monetarios. Para avanzar en esa línea se requieren además una política pública que impulse tanto la creación de oportunidades socioeconómicas como la autonomía de los jóvenes. Las persistentes brechas de desigualdad implican, por lo tanto, la promoción de la participación y la ciudadanía activa para la toma de decisiones públicas.

* Mario Morales Martínez es doctor en sociología por la Universidad de Guadalajara, y profesor de tiempo completo en el Centro Universitario de la Ciénega.

#Justiciasocial #Políticaurbana

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